Ante todo mucha calma.

Very long distances sometimes create the best connections. More than 4000 km in a straight line separates Estonia from Spain, from one corner of Europe to the other, yet I have not found any other place on this continent where people pronounce the letter “r” in the same way as they do here in Spain. There is something else in common. Anyone that looks like they belong in our parents’ generation automatically becomes an aunt or uncle. That may be the reason why I cannot differentiate between my relatives and friends from my childhood. All of them have the same roots in a small village in the mountains less than 200 km West from Madrid. Despite growing up in different towns, we spent our summer holidays there, like many other kids, using our grandparents’ houses as summer camps. My “team” was not the best, for sure, but we were definitely special. On the dawn of adolescence we refused to start smoking while the others did and we enjoyed ourselves by doing activities such as carrying a 12 metres long pine tree trunk for half an hour from the outskirts of the village to the river and cutting it with a 20 cm metal saw blade in order to build a raft. Cutting it was fun enough not to continue with the project. I have to admit that we may have looked a bit weird to the others. We did not care… we liked it. And to celebrate it we decided to imitate the normal guys, who gathered on the less busy streets to drink different mixes of alcohol on the warm summer nights. That night we entered one of the shops searching for our “dose”. We were pretending to look like tough guys, and as such we ordered: twelve litres of semi-skimmed milk, please. The youngest of us, not wanting to be less and trying to keep up, lowered the pitch of his voice and firmly asked for a bottle of mineral water. For sure the seller assumed that we were already higher than the village itself. By that time the only doping we had experienced were the glucose tablets, which allowed us to keep on playing basketball in the doorway of the church between lunch and dinner without stopping for any ice cream. The resources were scarce and we had to give our minds an extra push. Only one of us had a bicycle so we didn’t use it and walked up the hills on the very dusty tracks as if we were a bunch of cyclists, relaying to each other at the head of the group until the top. That was probably the beginning of my walking life. The first official route was with my uncle Alejo, who dared to wake me up before 7 one sunny day of July. He and another couple of uncles showed me how to enjoy walking down the road, how to skip jumping into tempting swimming ponds and how to avoid dangerous animals hidden on the edges of the pathway, not forgetting to show me where to have the best breakfast of my, at that point still short life. Iberian ham, fried eggs, salted tomato and local bread. It was a time with no digital cameras, with no Gore-Tex nor GPS. There was no need. The aim was simply to walk around enjoying physical activity in good company, even when it was just nature. Obviously, curiosity and exploration were also moving my legs. Sometimes it was nicer to raise the pace for extra endurance. Sometimes it was better to slow down to enjoy the encounter with an animal or a view of the landscape. No stress. As my father used to say, the latest time to arrive back home would be before dinner. In other words, there was the comfort of a warm shower, good food and cozy bed at the end of the daily adventure.

Jumping again a long distance ahead in time, about 35 years, some friends suggested for me to share this pleasure and here I am. This now is your opportunity to capture great views. But the best you will see cannot be recorded. Put on my shoes. No stress. You will be home before dinner.

Pico Almanzor (2592m)

A veces la linea recta entre dos puntos muy separados es mucho más corta de lo que parece. Los 4000 km que unen Estonia y España, de una punta a otra de Europa, han puesto en común la forma de pronunciar la “r”, algo que no se da en ningún otro punto del viejo continente. No es solo eso. En ambos paises, cualquiera que tenga pinta de pertenecer a la generación de nuestros padres automaticamente pasa a ser considerado tia o tio. Esta puede ser la razón por la cual no veo la diferencia entre mis familiares y mis amistades de la infancia. Todos tenemos nuestras raices en un pequeño pueblo de las montañas a menos de 200 km al oeste de Madrid. A pesar de haber crecido en diferentes ciudades, siempre nos juntabamos allí para pasar las vacaciones de verano, como muchos otros, usando las casas de nuestros abuelos a modo de campamentos de verano. Los miembros de mi cuadrilla eramos gente muy normal, pero con un toque algo especial. A las puertas de la adolescencia despreciamos la tentación del tabaco al tiempo que los demás caían en sus redes y nos divertiamos con actividades tales como acarrear al hombro 12 metros de tronco de pino durante media hora desde las afueras del pueblo hasta la zona de baño, abajo en el rio, con la intención de construir una balsa una vez cortado en 4 piezas con una hoja de sierra para cortar metal de 20 cm, sin mango. Durante el proceso de corte nos lo pasamos tan bién que consideramos el proyecto finalizado. He de admitir que es muy posible que el resto de jovenes nos viera un poco mal de la cabeza. No nos importaba… creo que incluso nos gustaba. Para celebrarlo decidimos imitar su forma de divertirse, reuniendose en las calles menos transitadas del pueblo para beber diferentes mezclas de alcohol durante las calidas noches de verano. Entramos en una de las tiendas en busca de nuestra “dosis” y tratamos de aparentar ser gente dura. Le pedimos al tendero doce litros de leche semi desnatada. La persona más joven de la cuadrilla, no queriendo ser menos y tratando de mantener alto el nivel, bajo el tono y con voz firme pidió una botella de agua mineral sin gas. El vendedor debió pensar que las sustancias psicotrópicas ya campaban a sus anchas por el pueblo. Hasta entonces nuestra única relación con el mundo del dopaje se limitaba al consumo de pastillas de glucosa mientras jugabamos al baloncesto en el portalito de la iglesia después de comer, lo que nos permitía no necesitar descanso para ningún helado antes de terminar los partidos a tiempo para ir a cenar. No era una época de muchos recursos y nos tocaba afinar el ingenio. Solo teníamos una bicicleta así que para que todos disfrutasemos de la experiencia no la usabamos y andando las cuestas por caminos polvorientos como si fuesemos ciclistas profesionales haciendonos relevos en la cabeza del pelotón hasta llegar a la cima. Supongo que ahí empezo mi vida de caminante. Mi tio Alejo organizó mi primera ruta oficial para la que me despertó antes de las 7 un soleado día de julio. Junto con otros dos tios me enseñaron a disfrutar de las caminatas, a no saltar en pozas muy tentadoras y a evitar bichos peligrosos escondidos a las orillas de la senda, y sobre todo me enseñaron donde comer el mejor desayuno de, hasta entonces, mi corta vida. Jamón ibérico, huevos fritos, tomate con sal y pan de hogaza. Entonces no había camaras digitales, ni Gore-Tex ni GPS. No hacía falta. La idea era simplemente dar una vuelta disfrutando de la actividad física en buena compañia, aunque estuvieses a solas con la naturaleza. A veces era más divertido acelerar el ritmo retando tu resistencia. A veces era mejor frenar un poco y disfrutar del encuentro con algún animal o de la vista del paisaje. Todo con mucha calma. Como solía decir mi padre, siempre llegaríamos antes de cenar. En otras palabras, se tenía el confort de una ducha caliente, buena comida y una cama acogedora al final de cada aventura.

Saltando de nuevo una gran distancia hacia adelante en el tiempo, casi 35 años, unos amigos me sugirieron compartir esta pasión y aquí estoy. Es tu oportunidad para conseguir fantásticas fotos. Pero lo mejor de la experiencia no podrás grabarlo. Ponte en mi lugar. Todo con mucha calma. Llegarás antes de cenar.

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